El golpe más fuerte vino de la manufactura y la construcción, dos sectores que han resentido tanto la política fiscal más restrictiva como los efectos de la política comercial de Estados Unidos. En especial, la industria automotriz —clave para las exportaciones mexicanas— ha enfrentado una disminución considerable en su producción por el aumento de aranceles y los cambios en las cadenas de suministro.
A nivel trimestral, se estima que el PIB del país podría haber caído entre 0.5% y 0.7% en el tercer trimestre, lo que pondría fin a la racha de crecimiento sostenido observada durante la primera mitad del año. Las previsiones de crecimiento para 2025 ya se están ajustando a la baja, con estimaciones que rondan apenas el 1.8%.
La construcción también enfrenta un escenario complejo debido a los recortes al gasto público en infraestructura, una medida derivada del esfuerzo de consolidación fiscal del gobierno. Esto ha frenado proyectos importantes y reducido la generación de empleo en el sector.
El único respiro proviene de los servicios, que aunque avanzan con lentitud, siguen mostrando un ligero crecimiento mensual impulsado por el turismo y el comercio minorista. Sin embargo, no ha sido suficiente para compensar el desplome industrial.
De cara a los próximos meses, la clave estará en la inversión. Los especialistas coinciden en que el repunte económico dependerá de una recuperación sólida en este rubro, especialmente si el gobierno logra incentivar proyectos de infraestructura y atraer capital extranjero. Si la tendencia negativa se mantiene hasta diciembre, México podría cerrar el año con uno de los trimestres más débiles desde la crisis sanitaria.
La economía mexicana atraviesa una fase delicada: la industria se debilita, el consumo pierde fuerza y la inversión aún no despega. Aunque el panorama no apunta a una crisis inmediata, sí evidencia la urgencia de medidas que reactiven la producción y devuelvan impulso al crecimiento nacional.